jueves, 3 de noviembre de 2011

Mi cumpleaños

En 1978 cumplí un año, obvio que no me acuerdo de lo que pasó pero como me lo imagino, os lo cuento.



Mi madre tenía veintitrés años, estaba agobiada y cansada. Tras dos embarazos seguidos, la lactancia de Anita y aún en cuarentena sacó ánimo para hacer la casa, comprar la merienda y dejarnos aviadas a las dos gorditas. Al final le dio tiempo de ir a Dimas, comprarme un vestido rosa en Nanos y preparar la comida. 

Mi padre estuvo todo el día en el banco. En la hora del café invitó a sus compañeros por mi cumpleaños y compró dos carretes de 36 en Fotomás, fruta en donde Pedro y milhojas en la mariposa de oro. Al salir se tomó un vermut en el Llacolens y fue a comer a casa. 

Cuando mi padre llegó a casa, yo dormía la siesta y Anita lloraba, mi madre había puesto cositas para picar: jamón, berberechos y cogollos. De segundo unas pechugas de pollo a la plancha con pimientos. Mi padre abrió una botella de vino y se guardó la corbata en el bolsillo de la camisa para no mancharse. Mi madre terminaba de preparar todo cuando sonó el timbre de la puerta: era mi tío Aquilino que vivía con sus padres en el piso de arriba, quería fumarse un cigarro y saber si necesitaban algo para ganarse la propina y poder ir a tomarse unos chatos a la laurel esa tarde. Entre los tres se zamparon los pasteles.

Tras la comida, mi padre se limpió pacientemente su bigote con la servilleta y se marchó al sofá. Mi madre estaba terminando de recoger la cocina cuando aparecí yo con mi chupete y arrastrando mi oso blanco por el pasillo. Mi madre fue corriendo hacia mi para que no hiciera ruido porque Anita por fin se había dormido. Me dejó en el sofá con mi padre que estaba poniendo el carrete a la máquina de fotos nueva que se había autoregalado por haberme tenido. Me sentó en sus rodillas y me cantó la buenaventura y los cinco lobitos. Me sacó un juguete y se durmió.

Al cabo de un rato Anita y papa se despertaron de la siesta. Mi padre se fue al squash. Mi madre dio el pecho a Anita y le puso un vestido precioso, la Carmen se la iba a llevar de paseo para que pudiera dejarla tranquila. Tenía que hacer emparedados y medias noches, poner la mesa y arreglarse un poco. Cuando salía la Carmen con el coche capota estilo inglés, los lazos, la manta de pelo y mi hermana, llamó al timbre de abajo mi madrina, la tía Conchi. Menos mal que se cruzaron en el portal porque si no llega a ver a la Anita se muere. La tía Conchi llegaba con sus hijas Pili y Conchitina y una mega tarta de nata y chocolate. Se tenían que ir corriendo porque habían dejado despachando la pastelería al gruñón de mi tío Luis.

Mi madre se quitó la bata de casa y se puso un vestido con su collar de perlas, todo estaba preparado. Estaba contenta a pesar de llevar un día de locos y de haber recibido tantas llamadas a lo lardo de día: desde la primera bien temprana, de mi padrino, mi tío Jose Mari, hasta la que acababa de colgar de Mari Cruz, la de Iñaki. Mientras volvía a la cocina sonó el timbre, eran mi abuela Sacramento y su madre, mi bisabuela Celestina, traían bragas y un puzzle. Se sentaron en el sillón y no se movieron de ahí hasta que no vino mi tío Quique a buscarlas con el coche. Tras ellas llegaron las momis: la abuela Pilar y la tía Hermi, salían del restaurante y tenían que volver pitando porque era viernes y tenían jaleo, me traían un pijama de Simeón. Las cuatro se comieron los emparedados que mi madre había calculado para todos, así que subió a buscar a Aquilino para que bajara a la tienda a comprar pan.

Justo cuando se iban las momis, llegó lo mejor: mis tías y mis primos. La Pitu con Miguel de 5 años y Arancha que todavía no había cumplido dos, y mi tía Pili con Susana de cinco, Óscar de cuatro y Alberto de tres. Nos sentaron a los niños en una mesa y estuvimos formales hasta que nos llenamos, ratito que aprovecharon mi madre y mis tías para cotillear en la cocina y fumarse un cigarrillo de esos largos largos que se fumaban entonces. Mi madre no quería fumar, pero lo necesitaba.

Mi padre volvió del squash con mi hermana y la Carmen, a la que le tuvieron que insistir para que se quedara porque decía que tenía que hacerle la cena a Santiago. Empezó la sesión de fotos en todas las categorías posibles: de uno en uno, por parejas, por familias, por edades, por estatura... Soplé la velita y comenzó la retirada. Primero vino Jose Mari ,me dio cien besos y se llevó a la Pitu y a sus hijos. Mi tía Pili aprovechó para escabullirse porque tenía una tirada hasta el parque Chile y aun tenía que bañar a los tres, aunque afortunadamente sólo cenaría el tragón de Óscar. Quique llegó para desatascar a la Celes del orejero y a la Sacra del sofá, se pilló un emparedado y se marchó a toda prisa porque tenía que recoger a novia Pili para llevarla a ver Grease.

Y nos quedamos solos los cuatro, mi padre recogía un poco el salón mientras mi madre le daba el pecho a Ana. Mi padre puso las noticias, al parecer el rey sometió a referéndum nacional el proyecto de Constitución. Mi madre nos bañó me dio el super biberón de los bebés campeones y nos durmió. Preparó una sopa de sobre, eso sí con su chorrito de aceite de oliva y huevo picado, y puso un tomate en ensalada. Ella no tenía hambre pero, como siempre, comió. Y mientras cenaban pensaban que estaban satisfechos de sus vidas, de sus trabajos, de sus hijas, de su país y de la constitución e intuyeron que llegaba un periodo diferente y mejor. Yo mientras tanto rendida en mi cuna de barrotes que casi ni cabía, con mi pijama nuevo, tumbada boca arriba, con los brazos hacia arriba y chupando el tete, no podía ser más feliz.

Y por eso me encanta que sea mi cumple, porque la gente me llama y, si pueden, me vienen a visitar. A cambio yo hago emparedados que por cierto me salen buenísimos. Y todo el mundo te da besos y abrazos como si nunca te hubiera visto. Y porque se cumple un nuevo año y se es más sabia. Y porque me duermo siempre feliz. Y porque se cierra una etapa de tu vida y lo que hagas a partir de ese día tendrá un nuevo contexto, un nuevo dato, y tendrás que decir "Cuando tenía 34 años...". Y a veces no sabes con qué quieres llenar esos puntos suspensivos, a veces sí. Yo alguna idea tengo pero si os lo digo, aunque sea mi cumple, no se cumple. 

3 comentarios:

María Marta dijo...

Maravilloso relato!!!
Feliz Cumpleaños!!!
un beso, desde Argentina...
María Marta

El Costurero de Raül dijo...

Querida una año mas para:
-Ser la sabia Mas guapa
-para decir estoy mas del que sacar análisis y evaluaciones
-uno mas vivido para recordar
-uno mas con un millón de cosas que contar
- y como no uno mas cerca de convertirte en riojana ilustrisssissisiisisima

Te quiero un montón
Besikos

Inés Royo Oyaga dijo...

La única pena que yo no estaba ni en proyección próxima... ;)